TRASTORNOS PSICOSOMÁTICOS Cuando el cuerpo habla

Trastornos-psicosomáticos

 

Conocer lo que el cuerpo nos quiere decir, marca el principio del tratamiento en este tipo de problemas, pero los trastornos psicosomáticos son tan frecuentes como desconocidos. Podríamos definirlos como aquellos trastornos físicos que tienen un origen en lo psíquico, sin embargo, aunque sabemos que todo lo psíquico tiene su correlación en lo somático, (véase procesos muy comunes como el rubor), no toda alteración psíquica llega a convertirse en trastorno. Que cualquier pensamiento o sentimiento pueda tener su reflejo en nuestro cuerpo físico no significa que cualquier manifestación en este sentido sea un trastorno psicosomático. Entonces, ¿cómo podríamos diferenciar a éstos de cualquier manifestación somática? Para que un trastorno psicosomático pueda ser considerado como tal, tiene que haber una lesión a nivel físico, siendo imprescindible que el sujeto que lo padece no tenga una pregunta con respecto a su enfermedad y la considere como cualquier otra afección física que le pueda llevar a visitar al médico. El sujeto no puede establecer una relación entre lo que le sucede psicológicamente y lo que le sucede físicamente, para él o ella no hay una conciencia entre su origen psíquico y su padecer físico.

Entender el origen de la problemática de estos trastornos se hace de vital importancia no sólo porque afecten a un porcentaje importante de la población, sino porque son la clave que nos introduce en el funcionamiento de nuestro psiquismo como base de nuestro mundo interno. Un ser humano cuando nace es un ser básicamente psicosomático, su aparato psíquico todavía muy rudimentario, no le permite mentalizar todas aquellas tensiones que le ocurre, con lo cual, es el cuerpo el que resuelve dichas tensiones. Este cuerpo todavía fragmentado a lo largo del desarrollo irá convirtiéndose en un cuerpo unificado que dará a esta persona una identidad corporal y psíquica. Esta unificación es un proceso de simbolización que se realiza a través del lenguaje. Es el lenguaje el que estructura nuestro mundo interno y a través del cual podemos explicar (mentalizar) lo que nos ocurre, y también a través del cual podemos relacionar nuestras tensiones físicas con tensiones psicológicas.

Al referirnos a tensiones, hablamos de tensiones emocionales producidas por situaciones que nos desbordan, que nos cuesta afrontar. En general, ante situaciones difíciles nuestro psiquismo reacciona. Si no somos capaces de resolver esta tensión a través del lenguaje, de nuestra mente, entendiendo qué nos está pasando, entonces es el propio cuerpo el que habla a través de los síntomas. Esto es, ante la imposibilidad de poder mentalizar esa tensión, será el cuerpo el que la tramite y le dé la salida más rápida y que es la de liberar la tensión a través del síntoma físico.

Ante una tensión emocional originada por una situación complicada, nuestro cuerpo da salida a esta tensión por medio de nuestro sistema nervioso y los órganos inervados por él. Lo normal es poder ser capaces de poder pensar y decirnos que estamos nerviosos como consecuencia de esta situación complicada y establecer la relación. Sin embargo, para estos pacientes es muy difícil establecer la relación entre lo que le pasa a su psiquismo (a nivel de pensamientos o sentimientos) y el correlato físico. Existe una dificultad para hablar de sus sentimientos y cuando lo hacen es de una forma empobrecida. De esta manera, sería el cuerpo el que liberaría estas tensiones emocionales que conducirían a una tensión crónica, intensificando el grado de inervación vegetativa y prolongándola en el tiempo. La resultante sería una inervación excesiva del órgano diana (el más vulnerable para esa persona) que llevaría al trastorno de la función y que terminaría en cambios morfológicos de los tejidos. Es decir, para que se produzca la enfermedad es necesario que confluyan los factores psicológicos más una vulnerabilidad genética del órgano afectado.

El desarrollo de los trastornos psicosomáticos dependen de esta función de simbolización de la que hablábamos y que comienza en el bebé pero que continúa a lo largo de todo el desarrollo de la persona. En condiciones normales, las manifestaciones psicosomáticas en bebés suelen ser transitorias por lo general (cólico del lactante, asma, alergias…) pero en algunos casos las tensiones internas engendran trastornos somáticos duraderos, sea porque el estado tensional es intenso y prolongado o porque el sujeto es incapaz de metabolizar de forma satisfactoria. De esta manera un bebé que no haya aprendido a tramitar estas tensiones será más vulnerable a padecer estos trastornos a lo largo de su vida.

En la etapa infantil, estos problemas emocionales pueden dar lugar a trastornos como dolores abdominales, colon irritable, cefaleas, asma, problemas cutáneos cada problema con una sintomatología y desarrollo concretos. En la adolescencia se hace más complicado por el aumento de la excitación que produce la entrada en la pubertad y el paso a la vida adulta. Encontramos trastornos de alimentación, problemas digestivos y dermatológicos, entre otros. En la edad adulta, ciertos trastornos con origen en etapas anteriores pueden intensificarse o también mejorar a través de la propia experiencia de la persona, su educación o su posible tratamiento psicológico. Entre los problemas más comunes estaría la hipertensión, hipertiroidismo, artritis, arritmias, diabetes y un largo etc.

Ante la presencia de este tipo de sintomatología, desde la clínica nuestra labor consistiría en ayudar a estos pacientes al proceso de simbolización. Ayudarles a adentrarse en su mundo emocional, que puedan entenderlo, aceptarlo y disfrutarlo y no sólo temerlo y evitarlo.

BELÉN ALONSO MUÑOZ

Psicóloga Clínica

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